
Es probable que al cabo del día lo digamos cientos de veces. Usamos continuamente el «gracias» o cualquier otra fórmula equivalente para comunicar a los otros que apreciamos un detalle suyo, que reconocemos el interés que ha puesto en hacernos un favor, que valoramos su conducta. Sólo los despistados o los muy maleducados se abstienen de hacerlo. Pero precisamente por su frecuencia, las expresiones de agradecimiento se han convertido en una especie de tic verbal en toda clase de intercambios, de saludos, de encuentros y despedidas, de compras y de rituales varios de la comunicación social. Dar las gracias es un acto mecánico que se manifiesta de igual modo cuando nos ceden el paso a la entrada de un establecimiento como cuando recibimos un regalo de cumpleaños. De tanto decirlo, ha perdido contenido. Lo empleamos para salir del paso, rutinariamente, como quien solventa una situación de compromiso. Lo que no es tan seguro es que seamos personas agradecidas en lo que realmente importa.
La verdadera gratitud es un sentimiento que huye del protocolo y muestra su verdadero rostro en el terreno de los afectos sinceros. Ese sentimiento queda definido en los diccionarios con dos ideas: la de estimación y la de correspondencia. Es decir, consiste por una parte en valorar los favores, mercedes o servicios que otros nos han prestado, y por otra en manifestarlo mediante acciones, palabras u otras muestras de aprecio. La mera expresión del agradecimiento con un bisílabo como «gracias» carece de valor si no responde a la convicción íntima de haber sido ayudados o beneficiados por aquel a quien lo dirigimos, y al deseo sincero de hacer que esa persona se sienta satisfecha y moralmente recompensada.
Al decir que «de bien nacidos es ser agradecidos» estamos admitiendo que la gratitud no se queda en el ámbito de las normas sociales, de la urbanidad, del trato correcto. La situamos en el más noble territorio del honor. Es decir, de lo moral. Y ahí es donde surgen las dudas sobre la vigencia de la gratitud en el mundo contemporáneo. No es demasiado frecuente ver a hijos que se muestren agradecidos con sus padres, ni a estudiantes que aprecien la labor de sus maestros. Cuando un compañero de trabajo es servicial y se presta a hacer favores, damos por hecho que lo hace por gusto. ¿Desconsideración? ¿Egoísmo? ¿Sobrevaloración de los intereses propios al tiempo que se subestiman las calidades ajenas? Vivimos una época mezquina donde la mayoría tiende a pensar que los bienes que recibe son conquistas trabajadas por uno mismo y no obsequios recibidos de otros.
Deudas sin pagar
Es sano adoptar de vez en cuando el punto de vista del agradecido y preguntarse cuántas de las cosas buenas que nos suceden o de los beneficios de que gozamos se los debemos a alguien. Aquel profesor que nos inculcó el gusto por los libros. La pareja sentimental que nos alentó en un momento difícil. El buen médico que nos atendió en el hospital después de un accidente. El amigo que abandona sus ocupaciones para darnos su tiempo y su consejo. El colega que nos abrió la puerta a nuestro primer empleo. Si probáramos a hacer una lista de las deudas no pagadas a lo largo de nuestra existencia, nos asombraríamos de la muchedumbre de personas que en un momento u otro nos han allanado el camino o nos han sacado de atolladeros. Porque nunca es cierto del todo aquello de «yo no debo nada a nadie» tan repetido por los jactanciosos «self-made men». Hay que ser muy zoquete para creer que la fortuna, el confort o el nivel social de que uno disfruta es sólo consecuencia del mérito propio y no el resultado de un concurso de factores diversos, a veces azarosos, entre los que siempre se encuentra alguna mano providencial que nos saca de aprietos o nos abre alguna puerta.
Pero la buena gratitud tampoco pasa revista. No se anota en un libro de contabilidad donde figuran el debe y el haber de nuestros movimientos. Cuando la gratitud sólo se entiende como pago ajustado del favor recibido se parece más al comercio que a la virtud. No puede llamarse agradecimiento el de quien, promocionado a una escala superior en su empresa, abona la deuda a sus superiores con las moneda de la sumisión servil. Ni tampoco aquella que denunciaba La Rochefoucauld al observar que «la gratitud de muchos no es más que la secreta esperanza de recibir beneficios nuevos y mayores». La felicidad de agradecer deriva de su espontaneidad desinteresada. Es así como la sociedad va tejiéndose mediante los hilos de la confianza y la cooperación. Si todos fuéramos ingratos o agradecidos sólo por conveniencia, el mundo sería inhabitable.
Últimos comentarios