Recuperando a Tellagorri por Iñaki Anasagasti
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/recuperando-a-tellagorri/
TELLAGORRI
Por Germán de Iñurrategui
Seguir paso a paso la labor periodística de
Tellagorri, es recorrer página por página la historia culinaria deEuzkadi,
con todo el cortejo de grasas y salsas, asados y cocidos que han sido siempre
una de las poderosas razones del vivir de los vascos, y el vehículo más
confortable del conocimiento por la fama de su tradicional apetito.
Nada escapa a
Tellagorri. En el calendario de sus aficiones, tiene apuntadas Ias fechas
históricas que recuerdan: a las sardinas en agosto, Angulas en octubre,
Besugos, Becadas y Capón en diciembre; Corderitos en abril y Pajaritos en mayo.
El resto del año, chuletas
y bacalao, buen cocido y alguno que otro cerdo, muy poca verdura y horror al
agua. Para cada una de estas efemérides tenemos una estampa, donde a fuerza de
expresar lo que se siente, nos saliva con relatos arrancados de las humeantes
cocinas vascas, añadiéndoles el color de jugosas salsas, secreto inmutable de
nuestra cocina.
Por joven, yo no he
seguido la historia periodística de Tellagorri. Pero desde "Sus Pájaros”
de Tierra Vasca hasta su asidua colaboración en nuestros EUZKO DEYAS, en todos
se aprecia, además de su profundo vasquismo, un ansia resuelta de recrearse y
recrearnos con el recuerdo de nuestro santoral gastronómico. Quienes no le
conocen tienen por fuerza que creerle un hombre gordo, ancho de espaldas,
paposo y de rojos cachetes. Para formarse este concepto no tiene que hacer más
que una pequeña deducción: si Tellagorri come
como escribe es untripón de tomo
y lomo.
Yo temo mucho
desilusionar al lector. Ahí está tal
y corno es: delgado, fibroso, de cara angulosa, mirada viva. Con gafas y boina,
tipo perfecto de vasco, de gran pulcritud y amigo de la tertulia.
El milagro tiene un motivo:
no es de los que comen mucho. Poco y bueno,
es su lema “Gourmet" y no “Gourmet” “el Kutixiero” como decimos en Tolosa.
Un poquito de todo y mucho de nada. "La táctica delsaboreo” la del kurruxko de pan que
atrevido hurga enlas cazuelas, como rito elemental e indispensable de la
elección. No es partidario de banquetes concurridos, ni de los largos
discursos. ¡Ah! pero una buena
sobremesa con un buen puro y buen cognac, cómoda butaca y un amigo, verá como las horas, una a una pasan sin
descanso y muchas veces esa charla suya, tan amena, seguirá sin freno al empalme de la cena.
Hay muchos -los que
sólo conocen a Tellagorri por sus trabajos-, que creen que es un hombre poco
afecto a las sensibilidades espirituales, alejado de esos toques que en el alma
producen la verdad y la
satisfacción moral.
Nada más incierto.
Tellagorri es un humorista de una finura y elegancia castellanas, profundamente
sensible y místico. A mí no me
hacen falta pruebas porque le conozco, siquiera sea en el período de mal humor
y excitación del "Bar Tabac" de Marsella, pero llevo al lector a que
repase con calma su dedicatoria "Al Clochard de Malesherbes” introducción
a su "París Abandonada" y detenerse en ese diálogo con el sucio
mendigo de París, invitarle a comer, no por comer, sino por hablar y recrearse
en la filosofía del hombre que vive de la caridad.
Yo espero que
Tellagorri cumpla su promesa y al llegar a París, dé su brazo al Clochard y en un
"bistró" próximo, sin alemanes, apuros emigratorios y bombas, charle
con él de esta etapa larga de
ausencias y sobresaltos. Y tú, lector, lee después el artículo de Tellagorri y
dime si no es un místico.
Pero si esto fuera
poco, ahí tenéis "El Cura y el Curita”, donde no cabe un análisis más
perfecto y sentimental de la
importancia decisiva que en los destinos del pueblo vasco, tienen los modestos
Curas de aldea.
Tellagorri, hombre
tasquero, familiarizado por los humos y los tufos de tabernas y sidrerías,
tertuliano impenitente, el Emeterio Arrese vizcaíno, es hoy una de nuestras
plumas más apreciadas y leídas.
El hombre a quien se
abren de par en par las cocinas del país, en espera de su visto bueno. Pero el
hombre también, que en las altas esferas burocráticas de la Diputación de
Vizcaya, supo hacer de la honradez y de la constancia un lema y un ejemplo.
A él dedico con cariño este trabajo,
como homenaje al premio que acaba de obtener por la Sociedad de Estudios Vascos
de Venezuela, por su trabajo “El Cura
y el Curita".
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/05/tellagorri.html
"TELLAGORRI ERA ALGORTEÑO"
Por: lTARKO
TELLAGORRI era
algorteño y algorteña era su mujer y algorteños sus hijos. Este es también mi
caso. Y el hecho de que Tellagorri fuera algorteño determi na una especial
psicología en el escritor. Por aquello de que uno es quien es, más sus
circunstancias. Con las muertes de nuestro primer Lehendakari y del escritor
vasco más leído entre los exiliados, Algorta, que contaba con un regular plantel
de ilustres, se ha quedado "en cuadro".
El que cada cual sea
quien es más sus circunstancias quiere decir que cada quisque es la propia
esencia de sí mismo más los elementos resultantes del medio ambiente. No existe
hoy biógrafo escru puloso que se ocupe menos del medio que del sujeto. Del
mismo modo que el fenómeno Julio Verne puede explicarse por el día y el lugar
en que nació, podemos explicar también el fenómeno TELLA GORRI por el año y el
pueblo en que vió la luz. Sin que queramos establecer comparaciones ni
similitudes entre ambos escritores, pues no hay nada común entre ellos, se
dieron circunstancias bastante semejantes durante el período de crecimiento de
los dos. La curiosidad intelectual parece ir de la mano con la prosperidad del
ambiente. Nantes era un puerto de gran pujanza comercial cuando Julio Verne era
un muchacho. En Nantes hicieron escandalosas fortunas los propietarios de los
barcos negreros y Nantes estuvo estrechamente vinculada al comercio con Inglaterra.
Este comercio tenía mucho que ver, entonces, con la revolución industrial
inglesa. Al evocar las riquezas de los negreros, sus naves, el puerto activo de
Nantes y los produc tos manufacturados ingleses, creemos estar viendo el fondo
panorámico de una novela del escritor francés.
No puede negarse que
en todo escritor hay un fondo de romanticismo, de añoranza, de aspiraciones
vagas y de curiosidad por lo remoto y desconocido. En Nantes había el clima
propicio para estos ensueños cuando Verne era un muchacho, y en Algorta existía
una atmósfera semejante cuando TELLAGORRI jugaba a la trompa o al fútbol. No sé
exactamente cuántos años tenía TELLAGORRI cuando murió, pero allá debió andar
su nacimiento con el del Puente de Vizcaya y con la terminación de las obras
del puerto exterior de Bilbao. Entonces debía encontrarse también en su período
álgido la revolución industrial bizkaina, cuando las viejas ferrerías fueron
sustituidas por las grandes fábricas y talleres siderúrgicos, que proliferaron
como por arte de magia en ambas márgenes de la ría al ser sustituido el tranvía
de caballos por el tranvía eléctrico y el carromato de tracción animal por el
tren de vapor.
Con ser algo más joven
que TELLAGORRI, yo he conocido en Algorta la "antigüedad clásica".
Las muchachas iban con el cántaro a la fuente, el vino nos llegaba al pueblo en
galeras tiradas por poderosas reatas de mulas y los pescadores surcaban el mar
trabajando a remo o na vegando de bolina.
TELLAGORRI nació con
el motor de explosión, cañería de plomo y la lámpara eléctrica, tres cosas que
pusieron fin a la "antigüedad clásica". Para un muchacho que tenía la
cabeza para discurrir, todos estos cambios debieron suscitar maravillosas
sorpresas. Aquella época fue más interesante que ésta, porque hay mucha mayor
distancia de la vela o el quinqué a la lámpara eléctrica que de ésta a la
energía atómica.
Con la revolución
industrial llegaron a Bizkaia otras novedades que en TELLAGORRI debieron
influir poderosamente, como los deportes. El hombre se había puesto a caminar
definitivamente por nuevos senderos: unos mejores y otros peores que los de los
tiempos pasados. Pero aún se conservaron por muchos años las costumbres
simplísimas de antaño, un sentido mucho más espartano de la vida. Vestíamos a
comienzos sin lujo ni mimo, y unas pesadas botas de agua eran nuestro mejor
calzado de invierno. Los médicos no sabían sino mandarnos sacar la lengua y
recetar purgas, pero ello implicaba la ventaja de que "nos" moríamos
cuando "nos" teníamos que morir. Antes que ahora, pero con menos
gasto.
Cuando TELLAGORRI se
hizo mayor, se presentó a unas oposiciones y ganó una plaza en la Diputación de
Bizkaia. Ser empleado de la corporación provincial significaba salir todos los
días del trabajo a las dos de la tarde, llegar a casa de Algorta a eso de las
tres, comer a conti nuación y tener toda la tarde para hacer lo que uno
quisiera. TELLAGORRI se iba muchos días con un libro bajo el brazo al mirador
que forman Los Chopos sobre el mar y se sentaba solo en un banco, y leía y
pensaba y oía cantar a los pájaros y observaba a los barcos que entraban o
salían del puerto. A la caída de la tarde, bajaba al muelle de Arriluce o al
puerto viejo a charlar con los pescadores, y por la noche a lo mejor se iba al
Casino o a la taberna de los alrededores a comerse una cazuela en compañía de
un par de amigos. Naturalmente, éste era un suceso que no se daba todos los
días.
Abundaban en el Puerto
Viejo los tipos barojianos. Había allá un hombre sin oficio ni beneficio y con
sólo sus manos para trabajar que escribía comedias, estu diaba canto y
organizaba y dirigía comparsas de carnaval. Las sardineras eran sensibles,
bravas y rotundas. Y los hombres se portaban con una circunspección admirable.
Ellas eran activas y ruidosas, y ellos silenciosos y reservados. En el pueblo
de arriba, sobre la loma de dos kilómetros que forma la peana de Algorta,
vivían en general gentes de buen pasar y buen ver, orgullosas e independientes.
Había pocas tabernas en el pueblo alto, y menos aún bares. El Casino llevaba
una vida precaria y la gente paseaba de un lado a otro por los muchos lugares
atractivos que tiene el pueblo. El algorteño no fue nunca muy sociable: le
bastan su familia, su casa y su paisaje.
Cuando estalló la
primera guerra mundial, TELLAGORRI debía andar por los veinte años de edad o
poco más. Buena es esta edad para aprender cuando se tienen los ojos y los
oídos abiertos. Y había mucho que ver en Algorta, ya que sus marinos
participaron en aquella guerra llevando, con riesgo de sus vidas, mineral de
hierro a Francia e Inglaterra. Ahí está si no Azcune, único superviviente del
"Bayo", que voló con una mina en el Golfo de Vizcaya y uno de los
tres únicos supervivientes de otro barco que meses después fue torpedeado a la
altura de San Sebastián. Se salvó quien pudo llegar a nado a la costa. Azcune
lo hizo. Algorta era un lugar desde el cual se podía ver el mundo por los mil
ojos de sus navegantes y sitio de extensos panoramas, lo mismo tierra adentro
que cara al mar. La generación del 98 estaba entonces en plena producción y uno
no tenía más que elegir entre la prosa cincelada de Azorín y Valle Inclán o la
más profunda y verdadera de Ortega, Unamuno y Baroja. A juzgar por su
seudónimo, TELLAGORRI debió tener sus preferencias puestas en el novelista de
la boina sobre el cráneo pelado. TELLAGORRI sería también más tarde escritor de
boina. En otro caso no hubiera sido TELLAGORRI.
Un día, cuando ya
TELLAGORRI era sobradamente conocido por sus escritos, entraron por las puertas
de su patria en son de guerra moros y cristianos, alemanes e italianos,
monárquicos y falangistas, TELLAGORRI, por salvar su vida o por salvarse de un
largo cautiverio, huyó al extranjero. Fueron veintitrés años de esperar
inútilmente y de esperar todos los días soñando con el regreso. Stalin se olvidó
de que Franco envió contra él a la División Azul y los occidentales se
olvidaron de que en la Península se luchó por espacio de tres años. Fueron vein
titrés años de exilio. ¡Demasiados para quien ni un solo día dejó de pensar en
la vuelta!
Revista Euzkadi, Nº
244, de Octubre de 1960.
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/06/tellagorri-era-algorteño.html
LO QUE GUSTA A NUESTRO ESPÍRITU (TELLAGORRI Nº
91)
Antes de ahora he escrito algo sobre
que los hombres avanzamos más lentamente que las cosas que hacemos y que las
ideas que elaboramos. He querido referirme al espíritu del hombre,
naturalmente.
No va a
haber más remedio que distinguir bien entre mente y espíritu, aunque en algunos
idiomas haya una sola palabra para ambos conceptos. Nuestra mente, que no
conoce el freno, avanza rápida o a grandes saltos; pero nuestro espíritu es más
prudente y no acepta las innovaciones que nuestra mente crea, lo mismo en lo
que se refiere a cosas materiales que a las puramente especulativas.
Por ejemplo, somos del tiempo del ferrocarril, del automóvil y del aeroplano, pero lo que a nuestro espíritu le gusta todavía es la diligencia, con su tiro de seis hermosos caballos y con su mayoral de copa alta y gran abrigo, que fuma tagarninas y escupe tacos y saliva amarilla, que bebe vino en todas las tabernas del camino y que dice cosas graciosas y un poco desvergonzadas a las mozas que encuentra a su paso; la diligencia, que rueda por el polvo o el barro de la carretera, con sus caballos que avivan el paso y sacuden sus collerones de cascabeles cuando el mayoral restalla su látigo; la diligencia, que se detiene en las posadas para que los viajeros se reanimen un poco junto a la lumbre, o para que refresquen bebiendo bajo la parra de la hostería.
Somos
del tiempo de los grandes trasatlánticos que navegan rápidos y no temen a los
temporales; pero ¡ah!” lo que a nuestro espíritu le gusta aún es el barco
velero cuando sale de la bahía de La Habana con todas sus velas tan airosas al
viento, y se hace a la mar para entrar seis meses más tarde en el abra de
Bilbao, cargado de sacos de azúcar y de café. No le gusta a nuestro espíritu el
capitán atildado, pulcro y diplomático del gran buque a motor, sino el capitán
de sudeste, pipa y sotabarba. Ni le gusta la orquesta del gran paquete, sino el
acordeón que toca el marino cuando el sol rojo se está poniendo mientras sigue
su rumbo el barco velero.
No nos
gusta el radiador de la calefacción general; nos gusta la gran chimenea, con
sus gruesos troncos ardiendo; y nuestro espíritu está de fiesta cuando después
de haber caminado unas cuantas horas sobre la nieve y bajo la cellisca, mojados
y ateridos, entramos en la casa vieja y nos sentamos junto al fuego,
disponiéndonos a beber una jarra de vino templado por una manzana asada muy
caliente, mientras nos preparan la cena.
No nos
gusta el cubismo, con su geometría de colores, su ojo tuerto y su media cara;
nos gustan los clásicos, los académicos con sus escenas completas y
comprensibles. No nos gustan todavía las batallas de tanques: nos gustan aún
las cargas de caballería a sable o con lanza. Estamos ya en los tiempos del
bugui-bugui, pero lo que nos gusta es la graciosa cadencia de los valses
vieneses. Se usan faldas tan cortas que las mozas nos enseñan hasta las
corvas; pero a nuestro espíritu le gustan aquellas pomposas faldas de seda
que llegaban hasta el entarimado lustroso y sólo dejaban ver la puntita
reluciente del zapato de charol. Somos del tiempo de la luz eléctrica, pero
dormimos mucho mejor cuando después de haber leído un poco en la cama de cuatro
colchones, apagamos de un solo soplo la vela hincada en el brillante candelero
de bronce. Somos del tiempo del gramófono, con sus discos que reproducen
exactamente los más complicados juegos de melodías orquestales; pero lo que nos
gusta es la pequeña orquesta del salón familiar, con la amada sentada al piano,
el novio de pie, con su cara de lerdo, tocando el violín, el futuro cuñado
silbando en la flauta con su cara de pillo, y la suegra tocando el arpa en un
rincón y vigilando todo aquel negocio. No nos gusta aún la radio, que todo lo
dice a gritos y para todos; nos gusta el cuento al oído y la murmuración
discreta, mientras se pasea despaciosamente por la parte soleada de la plaza…
No es
que hayamos nacido con un par de siglos de retraso y todo lo de la época nos
parece grotesco; es que nuestras manos construyendo chismes y nuestras mentes
elaborando, conceptos, han ido demasiado aprisa, un poco alocadamente; en tanto
que nuestro jardín, hecho de tradiciones, camina mucho más lentamente. Y mucho
más juiciosamente.
EUZKO DEYA DE MÉXICO
Enero de 1945
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/06/lo-que-gusta-a-nuestro-espíritu-tellagorri-nº-91.html
ARTÍCULOS DE TELLAGORRI DEL AÑO 1945
Hasta el momento hemos ido publicando los
artículos de Tellagorri de los años 42, 43, 44, pero nos faltan los de 1945.
¿Alguien nos los puede suministrar?. De todas formas hemos conseguido los
títulos de éstos :
ENERO
-Me acuerdo de los hombres flacos
(Euzkadi Caracas nº 31)
-Cuando yo explicaba películas (Euzko
Deya - México)
-Lo que gusta a nuestro espíritu ( “ “ )
-El Temperamento de
Grandmontagne (Euzko Deya Buenos Aires)
-Las sonrisas de los trabajadores
( “ “ )
-Eso ni con humildad
mental (………… “ ………….” )
FEBRERO
-Parques para hombres
circunspectos (E.D. México)
-Así yo también (E.D.
Bs. Aires)
-Que estudien los
tontos (E.D. Bs. Aires)
MARZO
-En la diversidad está
la gracia (E.D. México)
-Gibraltar.
(“………….”…….” )
-Harri Shaw, los Vascos y los
ingleses. (E.D. Bs. Aires)
-La Nación es un
estilo de vida (Euzkadi Caracas nº 21pag 47)***
-Sobre el entender y
el no entender (E.D. México)
-Churchill piensa
seguir luchando (E.D. Bs. Aires) ***
-Entre la "Niña" y don
Juan (E.D. Bs. Aires)
ABRIL
-En todo caso
Generales sin soldados
(E.D. Buenos Aires)
MAYO
-Gobernantes para nuestro pueblo.
(Euzkadi Caracas Nº 23 pag48) ***
-No se achique, Don
Enrique (E.D. Bs. Aires)
-Yo tengo un barco
velero (“…………..”…..)
-Lo que importa y no importa (“
………” …..)
JUNIO
-El fútbol, la
política y la moraleja (E.D. Bs. Aires)
-El trust de los cinco
soles " " "
-Porqué no hacemos la prueba ?
" " "
JULIO
-El Cura y el Curita.
(Euzkadi Nº 25) (pag.31) ***
-La Condena de Jesús
Monzón (E.D. Bs. Aires)
-Como se zurraban dos
místicas (E.D. México)
-Un "San
Ignacio" inédito (E.D.
Bs. Aires)
-El único que lo toma en serio " "
-La boina de
Tellagorri " "
AGOSTO
-Nosotros, los
contemplativos (E.D. México)
-Hacia una vejez alegre
(…..”………”……)
-Ahora tengo un trabajo cómodo.
(Euzkadi-Caracas Nº 26) ***
-Como las Gastan los
Pollos (E.D. Bs. Aires)
-Nosotros, los Rojos
Separatistas (E.D. Bs. Aires)
-Tres éxitos de la Humanidad ( " " " )
SEPTIEMBRE
-Próxima aparición de
la revista GALEUZKA. (E.D. México)
-Los sintéticos y los Verborreicos
(E.D. México)
La Broma de los
Sansebastianinos (E.D. Bs. Aires)
OCTUBRE
-Los deleites del
paisaje nativo (Euzkadi-Caracas Nº 28)
-Y si nos dejásemos de macanear ?
(E.D. México)
-No tienen nada que
decir (E.D. Bs. Aires)
-Lo que valen las
palabras (E.D. Bs. Aires)
NOVIEMBRE
-El pastor, mi lápiz y
yo (E. D. México) ***
-El Patrono, el Mozo y el
Parroquiano (E.D. Bs. Aires)
-Tres bajo un
paraguas (“…………”)
-Cuando los muertos resucitan
(“…..”..)
DICIEMBRE
-¡Ojo, señor
Madariaga! (Euzkadi Caracas Nº 30)
-Me está dando en la nariz (E.D.
Bs. Aires)
DE TODA ESTA COLECCIÓN
DE ARTÍCULOS SOLO TENEMOS LOS MARCADOS CON *** QUE IREMOS PUBLICANDO.
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/06/artículos-de-tellagorri-del-año-1945.html
EN LA DIVERSIDAD ESTÁ LA GRACIA (TELLAGORRI Nº
90)
Todos debemos confesar
nuestras debilidades, dejando a los demás que canten nuestras virtudes, si es
que tenemos alguna. Y así, sopesando debilidades confesadas y virtudes
reconocidas, puede únicamente dibujarse con claridad y precisión el perfil
moral de cada uno. Ninguno de los biógrafos de San Ignacio siente el menor
temblor en la mano cuando relata, antes que los méritos del santo azpeitiano,
los defectos de su juventud; y no sólo no se hace con ello el menor daño a su
memoria, sino que se contribuye a dar mayor realce a la segunda fase de su vida
terrena.
Dicho eso, no tengo
ningún inconveniente en declarar que siento una gran simpatía por don Juan
Antonio de Picabea, más conocido por "el vasco de Arrecifes",
espabilado varón que se pasó la vida dedicado al remunerador ejercicio de sacar
alguna utilidad de todo el que se pusiera a su alcance. Naturalmente, no robaba
bolsos de señoras en las iglesias, ni carteras de contenido dudoso en las
plataformas de los tranvías, ni se iba a nadie con el cuento de las misas para
quitarle veinte pesos.
El señor Picabea (q.e.p.d.), "el vasco de Arrecifes", desdeñaba esas piraterías
de tres al cuarto, propias de rufianes. El iba siempre a caza mayor, y sin
malas artes. Por ejemplo, un día, como quien lava, le ganó a un señor el café
en una sencilla partida de naipes. No un café de quince centavos, sino el
establecimiento. En otra ocasión, se le puso a tiro otro circunspecto, y le
ganó un millón doscientos mil pesos con tal arte y señorío, que el perjudicado
nada tuvo que objetar.
Tampoco debo ocultar
mi simpatía por aquel otro vasco que se llamó Lope de Aguirre y cuyas hazañas
por tierras de América han sido cantadas en diversos tonos. Solamente la carta
que escribió a Felipe
IItratándole de tú y mandándole a paseo con la sencillez con que se despide a
un mucamo, es para entusiasmar a cualquiera.
Estos casos y otros
muchos que no cito por no alargar esto
demasiado, constituyen las advertencias que la raza hace al mundo de vez en
cuando para que no se tome a los vascos por tontos. Tanta fama de honrados nos
han atribuido, que no faltan gentes que confunden la honradez con la coitadez,
y se disponen a tomarnos el pelo como si fuéramos unos "guixajos".
Cuidado con eso, pues estamos dispuestos a reproducir aquellos ejemplares
zurdos.
Mirando el paisaje
desde otro ángulo más
desinteresado, se advierte que estos ejemplares y otros que sin tener ninguna
relación ni analogía entre ellos, constituyen igualmente excepciones de la
regla general, son los que dan al pueblo vasco la gracia de la diversidad. Si
todos fuésemos trabajadores y todos honrados a carta cabal, nuestro país sería
una cosa ejemplar, pero un poco triste. Se necesita, para que haya alegría, la
existencia de esos otros tipos macanudos por cierto, que rompen la monotonía
del cuadro, poniendo en él las alegres pinceladas de la discrepancia.
Así, lo ejemplar de nuestros caseríos
está constituido por los labradores constantes: lo edificante de nuestra costa,
por los marinos expertos y por los pescadores valientes; lo mejor de nuestra
anteiglesias y villas, por sus artesanos, tan hábiles. Pero la alegría del
caserío es el muchacho que tira la azada, se
enguanta una cesta y se va por el mundo, vestido de blanco, con la plausible
aspiración de comer y beber fuerte todos los días, tener reloj de oro y vestir
camisa de seda; y la de nuestra costa está en el navegante que abandona el barco
en un puerto extraño y se mete por sus calles para dedicarse a la aventura, y
en el pescador que se ha convertido en un "lapa-guizón", pescador de
lapas, chirlas, quisquillas, sin querer saber nada de temporales ni de rudas
faenas: y la de las ciudades, en esos arlotes que se pasan la vida de taberna
en taberna y de chacolí en chacolí; y la de las villas y anteiglesias, en esos
vagos que son la verdadera "crème" del pueblo.
Son ellos, el pelotari, el
"lapa-guizón", el aventurero, el arlote y el vago, quienes ponen la
sal de la discrepancia en nuestro honrado puchero de trabajo.
EUZKO DEYA DE BUENOS AIRES
20 de Diciembre, 1944
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/05/en-la-diversidad-está-la-gracia-tellagorri-nº-90.html
CUANDO YO EXPLICABA PELÍCULAS (TELLAGORRI Nº
89)
Éramos
tres compañeros de oficina, que nos entendíamos muy bien pese a nuestras
diferencias políticas. Llevábamos varios años trabajando juntos, haciendo todos
los días las mismas cosas y ayudándonos mutuamente. Entrábamos a la oficina a
las nueve de la mañana y salíamos a las dos. Teníamos siempre todos los
expedientes al día, y aún quedaban ratos libres para discutir, y para mirar por
la ventana a la calle, con la nariz pegada al cristal y silbando. Cuando llovía
nos reíamos de la gente que pasaba mojándose. Y esto, como digo, durante años y
años.
Uno de mis compañeros era carlista; el otro, socialista; yo era de Acción, una interpretación particular del nacionalismo vasco, disidente de todas las demás interpretaciones y que tenía la agradable especialidad de que todos los afiliados a ella, además de disentir como conjunto, de toda otra agrupación, disentían individualmente entre sí, gracias a lo cual las tertulias que hacíamos en nuestro club eran particularmente divertidas e interesantes.
El compañero de oficina carlista,
naturalmente creía en Dios e iba todos los domingos a misa; el compañero
socialista naturalmente también, está bien seguro de que Dios no existía, y,
claro, no iba a misa. Por lo demás, ninguno de los dos blasfemaba, ninguno de
ellos decía palabras gruesas, los dos se comportaban siempre correctamente y
ambos eran excelentes personas, incapaces en absoluto de una mala acción. Yo
creo que, o ninguno de ellos creía en Dios, o creían los dos, pues su actitud
ante la vida y sus puntos de vista morales eran idénticos. Lo que ocurría
probablemente, es que se hacía un poco difícil ser carlista y no creer en Dios,
como ser socialista y no ser ateo. Cuando yo lo conocí, el carlista, con esa
vehemencia apresurada de los carlistas, estaba ya casado y tenía bastantes
hijos, en tanto que el socialista, que era mentalmente, quiero decir un “homus
economicus”, influenciada para la dialéctica materialista, estaba soltero, y no
contrajo matrimonio hasta que sus ingresos le aseguraron una vida sin
estrecheces. Y cuando se casó, se casó por la Iglesia; claro “contrariando su
íntimo sentimiento”, y solamente por no dar un disgusto a su mujer. Sus dos
compañeros de oficina fuimos a la ceremonia, especial y cariñosamente
invitados. Y así como yo estuve durante todo el acto completamente serio el
compañero carlista se retorcía de risa cada vez que miraba al altar y veía
allí, arrodillado con las manos juntas y la cabeza un poco gacha, al compañero
socialista.
El caso es que se casó como Dios manda,
hizo su viaje de novios, volvió a los veinte días a la oficina con traje nuevo,
y después de ese breve paréntesis, todo volvió a ser como había sido hasta
entonces. Sigue el trabajo y seguimos los tres mirando de cuando en cuando por
la ventana a la calle. Y seguimos discutiendo.
Las mañanas de los lunes eran distintas
a las de los demás días de la semana. Yo no sé lo que hacían los domingos mis
compañeros; pero creo que el socialista se pasaba el día en casa leyendo a los
maestros del marxismo, en tanto que el carlista se pasaba las horas jugando al
chamelo en un café del barrio. Yo, en cambio, iba todos los domingos al cine, y
los lunes tenía que explicar a mis compañeros las películas que había visto. Y
me parece, por el interés con que seguían mis relatos, que lo hacía bastante
bien. Claro que la mitad de lo que yo contaba era invención mía, pero no había
otra forma de hacer que los argumentos tuvieran algún interés.
-Bueno, cuéntenos usted la que vio
ayer –me decían, en cuanto habíamos terminado la lectura de "La Hoja del Lunes".
-Preciosa.
-A ver, a ver. Venga, venga -y se frotaban las
manos.
-Una de amores, con Clark Gable y
Joan Crawford. Resulta que se conocieron en una inocente excursión a no sé qué
playa.
-Pues podía usted
haberse enterado.
-Es lo mismo. Una
playa cualquiera; y resulta que...
Seguía yo con mi
relato, fiel o inventado, y el interés de mis oyentes iba creciendo por
momentos...
-Y en esto le dice
Clark Gable, a su novia: "Hace
una noche tan hermosa, que deberíamos dar un paseo por el parque". Y ella
le contesta: "Está muy oscuro". Y él le dice: "Pues,
precisamente, la oscuridad y el amor...". Y ella: "A mamá le gustaría
más que la hiciéramos en compañía". Y él: "Realmente, sería muy
agradable una velada con tu mamá; pero, querida, el parque está ahora tan
solitario, tan silencioso...". Total, que se fueron al parque.
-Naturalmente -comentaba el
compañero socialista.
¡Qué tienen que ver
las mamás de las novias con el amor!.
-Mucho -intervenía el carlista-. ¿Le parece a usted que una joven que
se estima, como es Joan Crawford, puede internarse, decorosamente en un parque
sin más compañía que la de un pícaro como es Clark Gable?.
-¿Y el amor?
-replicaba el socialista.
-¿Y los principios? -retrucaba el carlista, incorporándose en la silla
y avanzando el busto.
-¿Y los fines?
-gritaba, de pie ya, el socialista.
-Usted es un materialista –y el
carlista volvía a sentarse.
-Y usted un farsante
-y se sentaba de nuevo el socialista.
Con estas interrupciones, que ocurrían a cada paso, el relato de la
película solía durar hasta la hora de salir de la oficina. Y así todos los lunes, hasta queestalló la
guerra civil. Desde aquel día, el compañero carlista dejó de ser un hombre comunicativo.
No que abrigase el menor temor de que nosotros lo denunciáramos, pero estimó
más prudente reservarse su opinión personal sobre Mola, Franco, Queipo de
Llano, Prieto, Largo Caballero, Azaña y todos los demás. En cambio, el
compañero socialista y yo hablábamos de todos ellos en voz alta y decíamos lo
que nos daba la gana. Cuando se constituyó el gobierno vasco, el compañero
carlista se volvió más silencioso aún, en tanto que el socialista y yo
hablábamos más y más.
Pero, al fin, llegó el
día en que el carlista se salió con la suya. El socialista y yo tuvimos que escapar de Bilbao como
ratas por tirante, y el carlista quedó allí, a ver cómo entraban en la hasta
entonces invicta villa, los requetés, sus requetés, su ejército de amapolas. No
hemos vuelto a vernos desde entonces, y han pasado ya siete años largos. Del
compañero socialista supe que estaba muy enfermo, en un campo de concentración
de Francia, cuando yo salí para América. Del carlista no he vuelto a saber
nada.
Pero bien sabe Dios
que mi ferviente deseo es el de que el socialista haya recuperado su salud y el
carlista se haya portado, como espero; decorosamente. Y que, dentro de pocos
meses, volvamos a encontrarnos en aquella oficina donde trabajamos juntos
tantos años. Sería para mí una verdadera alegría volver a reunirnos y que mis
dos compañeros me dijesen los lunes:
-Bueno: cuéntenos usted la que vio
ayer.
EUZKO DEYA DE BUENOS AIRES
20 de Agosto, 1944
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/05/cuando-yo-explicaba-películas-tellagorri-nº-89.html
CUPIDO EN LA BATALLA DE ROMA (TELLAGORRI Nº
88)
Claro
que hablar de Cupido, y sobre todo de las flechas de Cupido es tan cursi que la
pluma se resiste a correr por la cuartilla, como esos caballos que no quieren
arrancar y se retuercen, bracean y se encabritan poniendo en peligro la
estabilidad del jinete; pero no hay más remedio que hablar de Cupido, y lo que
es peor, de las consabidas flechas de Cupido.
Cupido, el niño ese tan mofletudo, tan alado y tan impertinente, ha tomado parte en la batalla de Roma; y si alemanes y aliados disparaban sus cañones, él defendía briosamente sus prerrogativas a flechazo limpio.
Es el caso que cuando una columna de
tanques aliados avanzaba por la Vía Casilina y hacía su entrada en Roma, otro
grupo de tanques alemanes abrió el fuego; contestaron con todos sus cañones los
tanques aliados, replicaron enérgicos los germanos y aquello fue un infierno de
impactos, estallidos, humo y estruendo.
Pero quien tuviera mucha serenidad y
buen oído pudo escuchar en aquel momento el repicar de las campanas de una
pequeña iglesia cercana; y pudo ver que de una casa salía un cortejo nupcial,
que echó a andar hacia la iglesia, a través del campo de batalla. Los acompañantes,
los que no iban a casarse, los que no estaban enamorados, fueron metiéndose en
los portales: llovían cascos de metralla y granizaban balas; pero los novios,
los que estaban enamorados, siguieron adelante, precedidos del niño Cupido,
que, consciente de su misión y de su responsabilidad, disparaba furioso las
flechas de su carcajo. Y guiados por él, los novios llegaron al templo sin
haber recibido ni el más leve arañazo. Y luego, mientras el cura bendecía la
unión, Cupido, sudoroso, sentado en las gradas del altar, miraba sonriente a la
pareja y se decía para sí, como tantas otras veces:
-Nada
más fuerte que yo; ni los alemanes, ni los aliados, ni la guerra, ni la muerte.
Soy el amo.
Esta es la noticia que nos ha traído el
cable, y que la prensa ha publicado en unas pocas líneas, en un lugar
recóndito, con un título muy modesto.
Para mí, ha sido lo más importante
de la batalla de Roma. Los más valientes han sido el novio y la novia, que sin más defensa que la
de Cupido, han avanzado sonrientes, atravesando el estruendo, seguros de que el
porvenir es suyo. Y más valiente aún que ellos, ese niño ridículo, cursi, que
ha sido el verdadero héroe de la jornada. Con sus mofletes, con sus alitas, con
su color de rosa...
Prometo no volver a hablar de tal nene en mi vida; pero ésta vez se ha ganado un aplauso, que
yo no se lo voy a negar.
EUZKO DEYA DE BUENOS AIRES
10 de Junio de 1944
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/05/cupido-en-la-batalla-de-roma-tellagorri-nº-88.html
SONRISA ABIERTA Y ¡ADELANTE! (TELLAGORRI Nº
87)
El fino humorista bizkaino, director que fue en Bilbao del diario "Tierra Vasca", nos regala, por medio de
"Euzko-Deya", de México, esta
bella crónica, que la ofrecemos gustosos a nuestros lectores como una cariñosa y leal aportación a honrar la venerablememoria del
Maestro.
--------------------o--------------------
Una de las impresiones
de tipo político que mejor conservo en el recuerdo es la que me produjo, hace
ya bastantes años, la lectura de las actas de sesiones de la Diputación de
Bizkaia, cuando Sabino de Arana Goiri fue diputado.
Confieso que tenía yo,
hasta entonces, una idea equivocada de Sabino. Quizás su muerte triste, joven
aún, me hizo concebir la idea de que Sabino fue, a lo largo de su vida, un
hombre atormentado, melancólico, que lo tomaba todo por el lado más consolador.
Y ni siquiera las muchas anécdotas que un tío mío, muy amigo de Sabino, me
contaba de su vida, pudieron desvanecer en mí aquella idea que me había formado
de su carácter. Este tío mío, que murió hace cuatro años en el destierro, fue,
desde que volvió de Inglaterra, a donde sus padres le habían enviado para
cursar estudios, uno de los primeros en abrazar su doctrina, que la defendía,
primero, con palabras suaves; luego, con palabras fuertes, y, al fin, a
puñetazos, saliendo de las refriegas unas veces bien y otras no tan bien. No
era, desde luego, como Sabino, que siempre tenía, para el enemigo franco, el
argumento franco, el argumento que trataba de convencer; pero para el enemigo
desleal, la sonrisa abierta, que hacía más efecto que un puñetazo.
Si no habéis leído
vosotros esas actas a que me he referido, no conocéis del todo el carácter de
Sabino en la dura brega política que tuvo que sostener.
Hasta la llegada de
Sabino a la Diputación, aquello era algo delicioso por lo apacible, liso y
llano; un lago, con veinte cisnes unánimes. Todos, los veinte diputados, eran
de la "Piña", todos obedecían a los "escritorios" de los
Txabarri, los Gandarias y demás capitanes de la industria bizkaina, que vivían
a partir un piñón con Madrid. Los veinte eran patriotas españoles hasta el
tope, los veinte eran monárquicos, los veinte eran criados del gobernador civil,
que, al terminar su mandato, se volvía a su pueblo con los bolsillos
bienrepletos y hasta con los muebles y cacharros de cocina, que siempre pagaba
la Diputación. ¡Inefables aquellos gobernadores!
Pero, un buen día,
allá por el año 98, si no recuerdo mal, aquel amigable consorcio de los veinte
quedó reducido a diecinueve:
se había sentado en los escaños provinciales un diputado que no era criado de
nadie, ni de los "escritorios", ni del gobernador civil, nide Madrid:
se había sentado en un escaño Sabino
de Arana Goiri.
Y, desde entonces, las
actas, que venían siendo la expresión escrita de la conformidad servil,
adquirieron un brío y un tono desconocidos. Se acabaron las referencias
escuetas y se acabó lo de "fue aprobado por unanimidad". Y comenzó lo
de "el señor presidente agita violentamente la campanilla", y lo de
"el señor presidente llama severamente la atención del señor
diputado", y, lo más grave, "si el señor Arana continúa por ese
camino, me veré obligado a expulsarle del salón".
Pero lo que irritaba
de verdad a los diecinueve no era, precisamente, lo que Sabino decía; lo que
les sacaba de quicio era la sonrisa abierta con que Sabino comentaba en silencio los exabruptos que le
lanzaban los diecinueve.
En una ocasión fueron
a sesión las cuentas de gastos causados con motivo de la visita que hizo una
infanta de España al ferrocarril de Triano. Sabino negaba su voto a la
aprobación de las partidas. Llegó una nota del importe de una caja de botellas
de champaña. Sabino se negó a que la Diputación pagase el gasto.
-Pero ¿es que una infanta de España
no puede tener sed? -le gritó, iracundo, uno de los diecinueve, o no sé si los
diecinueve a un tiempo.
-Claro que sí. Y
conozco la obligación que todos tenemos de dar de beber al sediento. Pero agua,
agua fresca. Nada mejor, señores diputados, para apagar la sed. Si es verdad
que la infanta tuvo sed, les hubiera agradecido a ustedes mucho más un buen
vaso de agua de Iturrigorri. Y estoy seguro de que la infanta se rió un poco de
ustedes, que hicieron el "bourgeois gentilhomme" al ofrecerme
champaña. Agua, señores diputados, agua fresca.
-¡Agua beberá usted!.
¡Usted es un plebeyo!. ¡Señor presidente, el decoro de la Diputación no puede
tolerar que un aldeano. . .
Y Sabino, entonces,
cuando se desataba la tormenta, sonreía ampliamente, abiertamente. Y, claro,
los diecinueve se convertían en una sola furia con diecinueve cabezas.
Cuando Sabino
presentaba alguna proposición, por cuerda que fuese, era impugnada
inmediatamente. Y después de una brevísima discusión decía el presidente:
-Se va a poner a votación la
proposición del señor Arana.
-No se moleste. Anote
usted, señor secretario, desde ahora: die cinueve contra uno.
Y así siempre. Así,
con la maza de los diecinueve, se mataban todas las iniciativas de Sabino. Lo
que no pudieron matar nunca era aquella su sonrisa abierta, que causaba la
exasperación de los diecinueve; ni aquel su ánimo, que no cedía jamás. Sabino
sonreía siempre, y seguía siempre adelante en su labor tenaz, valiente, a
prueba de atropellos, de ataques y de insultos. Y su labor fructificó hasta
despertar la conciencia de toda la tierra vasca.
Siendo diputado,
Sabino dio con su cuerpo enfermo a la cárcel. Ninguno de sus compañeros de
Diputación hizo la menor gestión para liberarle. Cuando, cumplida la condena,
volvió a su escaño, pidió la palabra y dijo:
-Quiero, en primer lugar, mostrar a
mis compañeros de Diputación mi más profundo agradecimiento por las
innumerables y trabajosas gestiones que han realizado todos para sacarme de la
cárcel...
Otro escándalo.
-¡Mentira! ¡Falso!
¡Nosotros no hemos realizado ninguna gestión! ¡Nadie se ha molestado...!
Y Sabino les regaló su
sonrisa habitual.
Pasados algunos años,
fueron llegando a la Diputación nuevos diputados nacionalistas vascos, que,
elección a elección, iban aumentando en número. Y llegó un año en que -¡oh,
escándalo de los "escritorios"!- los nacionalistas vascos fueron
mayoría. Poco a poco, ahora dos, luego tres, los cisnes fueron muriendo. Hasta
que no quedaron más que tres o cuatro. Y ellos, flacos y llenos de barro.
Antes de eso, en 1911,
ocurrió en la Diputación otro escándalo mayúsculo. Se sentó en un escaño -con
trabajo, pero consiguió acomodarse- otro "indeseable": un diputado
joven, de unos veintiocho años, color pálido, pelo negro en cepillo: Indalecio
Prieto, que llegó allí en compañía de dos republicanos, don Ramón de Madariaga,
fallecido recientemente, y mi paisano don Juan Bautista Ibarra,
muerto hace tiempo. Pocos meses antes que Prieto, el mismo año, entré yo
también en la Diputación, pero como empleado. Y así hemos continuado desde
entonces: Prieto, diputado siempre; yo, siempre empleado. Hasta que Franco nos
echó a los dos y ahora no somos nada. ¡Al cabo de treinta y tantos años, señor
Prieto, no somos nada!. Es decir, si: los dos somos diabéticos. Y ni Franco
nos quita las panzadas que nos hemos dado.
Pero, a lo que íbamos. Sigamos la ruta que nos señaló
Sabino. ¡Adelante, adelante!. Con el enemigo leal, conversación leal. Al
enemigo desleal, al emperrado, al enemigo tipo "diecinueve", ni caso.
Sonrisa abierta y ¡adelante!.
“EUZKADI” CARACAS nº 9
Marzo, 1944
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/05/sonrisa-abierta-y-adelante-tellagorri-nº-87.html
BIEN; PERO USTEDES, ¿QUÉ DICEN? (TELLAGORRI Nº
85)
Claro, porque ya va picando en historia la cantinela esa de que
"España será lo que el pueblo diga". Bien está eso, pero ustedes,
¿qué dicen?. ¿O es que cuando volvamos todos a nuestras casas van a meterse
ustedes cada uno en la suya para hacer una cura de silencio?.
Constitución de 1931, período constituyente, elecciones libres, que el pueblo manifieste su voluntad... Bueno está todo eso; pero como supongo que ustedes, que siempre han sido guías y mentores del pueblo, continuarán en ese trabajo, me interesaría saber desde ya qué es lo que ustedes van a decir al pueblo en la campaña electoral.
Ustedes solicitan la
adhesión de todos. Muy bien; pero ¿para qué?. ¿Qué van a hacer ustedes con
nuestra adhesión?. He ahí un pequeño detalle que, al menos a mí, me interesa
muchísimo aclarar.
Son varias las
cuestiones sobre las que quisiera conocer desde ahora sus valiosas opiniones.
De entre ellas, destacaré una que me afecta especialísimamente. ¿Qué opinan
ustedes sobre lo que ha de ser la estructura política del Estado, una vez
recuperada la República?. ¿Creen ustedes que debe ser una Confederación de
naciones ibéricas, en la que el día de mañana pueda entrar Portugal; o bien una
República federal; o una República unitaria con autonomías posibles para
municipios y regiones; o una República unitaria, sin más aditamento?.
Comprendan ustedes que
antes de dar mi adhesión a sus proyectos, necesito conocer en qué consisten
esos proyectos. ¿No es natural ésto?
Eso de decir que
"España será lo que el pueblo diga" es una bellísima frase, pero
apenas si dice nada; tal vez el pueblo, como en todas las ocasiones anteriores,
dirá lo que sus mentores digan. Por eso quisiera saber qué es lo que ustedes
van a decir al pueblo.
Lo más probable será
que yo no salga por esas plazas, frontones, teatros y campos de Dios, a decir
al pueblo que es lo que el pueblo quiere, y qué es lo que debe querer, y qué lo
que debe votar, porque nunca lo he hecho; y es casi seguro que ustedes lo
harán, porque en su vida lo han hecho siempre. Sin embargo, a lo mejor se me
ocurre escribir en algún periódico de mi tierra, metiéndome a mentor de
quienes, seguramente, saben más que yo. Por si eso ocurriera, adelantaré mi
opinión: soy partidario de que el futuro Estado republicano sea una
Confederación de naciones, dejando la puerta abierta para que, si les conviene
y si así lo desean, entren los portugueses en la familia ibérica, con lo cual
la cosa quedaría bastante completa.
Y ya que estamos en esto, les diré más. Les diré que no
entiendo bien -quizá porque está dicho así para que no se entienda bien- qué es
lo que ustedes quieren decir, concretamente, cuando dicen eso de que
"España será lo que el pueblo diga". ¿Qué pueblo?. ¿Entienden ustedes
que en España no hay más que un pueblo, o entienden, como yo, que hay varios?. Y en
este caso, ¿opinan, como yo, que cada uno de esos pueblos dirá qué es lo que
quiere; o, por contra, opinan que la suerte del pueblo vasco, ha de ser fijada,
no por los vascos únicamente, sino por los veintiséis millones de personas que
habitan todos los pueblos que comprende el Estado español?.
En fin, ya conocen
ustedes, mi opinión, que la he expuesto aún sabiendo que a ustedes no les
interesará gran cosa. En cambio, a mi me interesa extraordinariamente conocer la
opinión de ustedes. Por eso, ¿qué opinan, caballeros?. Necesito saberlo antes
de concederles la adhesión que me piden.
Supongo que no les
molestará esta demanda mía. Ustedes comprenderán que no es otra cosa que
obligada prudencia eso de querer saber de antemano qué es lo que un señor que
nos pide nuestra confianza, va a
hacer con ella.
Aun diciéndolo y todo,
suele haber sus más y sus menos a la hora de la verdad; conque no les digo nada
de lo que podría pasar cuando no se dice ni pío.
EUZKO DEYA DE BUENOS AIRES
30 de Diciembre de 1944
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2010/04/bien-pero-ustedes-qué-dicen-tellagorri-nº-85.html
LO QUE OCURRIÓ EN CAPRI A UN INGLÉS MUY
DINÁMICO(TELLAGORRI Nº 84)
Mi
buen amigo,
He recibido su carta con la alegría de
siempre, y la he leído con gran satisfacción, aunque me pones en ella de oro y
azul porque has creído ver en mi último
artículo que yo siento un cierto orgullo por haber nacido y vivido siempre en
un pueblo que no ha hecho, en toda su existencia, ni un mango de azada. Me
dices, indignado, que no ves por ningún lado la gloria que puede caber a un
pueblo por una indolencia tan absoluta. Perdona, pero yo no he dicho que mi
pueblo merezca por eso la laureada de San Fernando; lo que he dicho es que no
hay motivo para avergonzarse porque en el pueblo de uno no haya ninguna
fábrica.
He de confesarte que, personalmente, siento tal aversión por las fábricas, que tendrían que acorralarme entre varios para hacerme declarar que una fábrica contribuye poderosamente al bienestar de la humanidad. Claro, que si se miran las cosas desde un ángulo de practicismo, tienes razón y ya viste como en aquel artículo cantaba los méritos de Bilbao y Eibar. Pero el espíritu no entiende de cosas prácticas, y cuando yo veo la silueta indignante de una fábrica y su chimenea, más petulante que la columna Vendome y sus humos. -Si serán soberbios que ellos han sido la causa de la frase "ese tiene muchos humos"-; cuando miro todo eso, lo hago desde el ángulo más desinteresado de la estética y siento entonces que el alma se me arruga y achica...
Eres un maestro; pero ¡ay! un maestro del sofisma. Reconozco
que, tus mentiras vienen tan bien presentadas, tan airosas y alegres, que de primera intención, se
siente uno inclinado a aceptarlas como verdades; pero no lo son. Me recriminas
por mi temperamento contemplativo y me invitas, con una dialéctica brillante,
aunque como te digo, sofística, a la acción, al dinamismo. No, amigo; a ese terreno
no me llevarás nunca. Pocas veces estoy muy seguro de lo que pienso; pero en
esta ocasión tengo bien firme la
cabeza y bien clavados los pies en el suelo. No me moverás de mi sitio. Soy
platónico, teorizante, fantasioso, contemplativo, quietista.
¿Has leído a Somerset Maugham?. En
uno de sus cuentos deliciosos, refiere lo que sucedió a un inglés, un tal míster
Wilson. Confío en que podré darte,
en pocas líneas, una impresión del suceso. Este inglés vivía en Londres y era
un activo hombre de negocios, un dinámico. No paraba de una oficina a otra, de
la gerencia de un Banco, a la sede de un "trust", de una fábrica de
automóviles a la Bolsa, y leía todas las revistas de economía, industria y
comercio que se publicaban en Inglaterra, como había leído antes todos los
libros que se publicaron en Estados Unidos sobre cómo formarse un carácter,
cómo triunfar en la vida y demás bobadas. Con todo su dinamismo,
si bien Mr. Wilson no tuvo nunca un momento libre para decir
a una muchacha. "I love you", ni para
masticar con calma un buen "roastbeef", fue conquistando una posición
económica bastante sólida. Pero eran tales su actividad y su ajetreo diario,
sin tiempo ni para encender un cigarrillo, que sus nervios comenzaron a
encabritarse al mismo tiempo que en su cerebro comenzaron a colarse algunas
nieblas. En resumen, su médico le ordenó imperativamente que se tomase unas
vacaciones. Y el buen inglés se fue a Capri, al mismo lugar donde, como sabes, pasó Tiberio sus
últimos años. Y el buen inglés no volvió a Inglaterra. Allí en Capri murió
cuarenta años después.
Durante los cuarenta años se dedicó a una cosa muy agradable: a no
hacer nada. Es decir, tanto como nada: Se bañaba en aquel mar azul; aunque,
claro, nada de "crawl", sino más bien un leve flotar y girar indolentemente
en el agua, sin avanzar ni una braza; se echaba luego en la arena, lo que le
producía un gratísimo placer; .comía bien; dormía la siesta; se iba al
atardecer a la taberna de un caprino y se entregaba a la delectación de un
beber prolongado y de un cenar consistente. Luego salía a la calle cantando el
"funiculí funiculá", o, cuando salía con puro, el "O, sole
mía". Naturalmente, no leía libros ni periódicos, no escribía cartas ni
abría las que le escribían. Lo único que hacía muy a menudo era llorar; llorar
por lo idiota que había sido hasta entonces,
por todo el tiempo que había
perdido andando siempre a prisa, de un lado para otro de la "city”, como pájaro sirindango. El inglés del
cuento había sido un hombre dinámico porque nunca había conocido las delicias
de la contemplación, del no hacer
nada.
¿Te ha gustado el cuento? Comprendo, amigo, que no es fácil ser
contemplativo: se necesita una larga preparación meditativa. Me dirás que para
no hacer nada, no hace falta nada, ni inteligencia siquiera. No hagas caso. Si
un: inteligente vale
más que un bruto hasta para tirar el carro, vale mucho más para no tirar el
carro. Por eso se queda siempre con el carro en las manos de los más tontos".
La tragedia del presente siglo consiste, exactamente, en que el mundo
marcha empujado por los dinámicos, por los hombres de acción en tanto que los
platónicos no influyen para nada en los acontecimientos. Los dinámicos son
apetentes ambiciosos van y vienen a grandes velocidades, meten las narices en
todas partes, todo lo apresuran, ponen telegramas, especulan en la Bolsa,
forman consorcios, traman guerras y se afeitan todos los días. Y algunos, hasta
se duchan todas las mañanas para
ponerse en marcha. El dinamismo nos ha conducido al caos presente, en que nadie
sabe lo que quiere, y en que nuestro punto de apoyo, en cuanto a la vida
espiritual, está en el vacío.
Los temperamentos estáticos de otros;
tiempos en que se les hacía caso, crearon valores morales y dieron al mundo
verdaderos sistemas, que servían para orientar la vida en algún sentido y para
estar en paz con uno, mismo.
Pero hoy nadie hace caso de los
estáticos. Se les ve, en la orilla de los caminos, echados a la sombra de una
higuera, o sentados en los bancos de los parques, y se les toma por unos pobres
hombres que no sirven para nada, un poco chiflados; y hasta se dice que si se
muriesen, el mundo nada perdería con ellos. La cosa es al revés, justamente. Y
estoy bien seguro, si imitasen al inglés que se fue a Capri, las cosas
comenzarían a arreglarse.
Me aseguras
que es el liberalismo económico la causa del desbarajuste Bien, pero ¿quiénes
inventaron e impusieron el liberalismo económico sino los hombres dinámicos, y
a ellos?. Un hombre de presa, un dinámico será siempre partidario de jugar con
pelota viva y saque libre, porque sabe que en ello está su única posibilidad.
No comprende la delicia del juego, y sólo apetece la victoria. Al estático no
le interesa ganar; lo que quiere es divertirse en el juego, aunque no haya,
conseguido hacer ni un solo tanto cuando su contrario ha, agotado ya todas las
chapas del marcador. Sin embargo, y esto es bien evidente, el juego se inventó
únicamente para jugar, y en un principio ni se apuntaban los tantos siquiera.
Luego, cuando salieron los dinámicos a la cancha, como no podían encontrar en
el juego el menor deleite, inventaron el tanteador, el saque libre y la pelota
viva.
Soy, pues, partidario de echar el freno
a los dinámicos y pararlos en seco, a ver si así vuelve al mundo la sensatez.
Excuso expresarte mi deseo de que sigas escribiéndome para procurar
convencerme de lo contrario. No lo conseguirás, según creo; pero tendré el
placer de leer tus magníficas cartas, tan ágiles, frescas y. jugosas. Tuyo
siempre, Tellagorri.
EUZKO DEYA DE MÉXICO
5 de Diciembre de 1944
Últimos comentarios